2/26/2026

EDUCAR NO ES ENSEÑAR; ES DAR SENTIDO

EDUCAR NO ES ENSEÑAR; ES DAR SENTIDO

Ing. Josè Manuel Catelblanco Arenas 

La discusión educativa contemporánea suele girar alrededor de metodologías, tecnologías y competencias. Se habla de innovación, de adaptación al cambio y de actualización permanente. Sin embargo, rara vez se formula la pregunta más incómoda: ¿qué tipo de sentido está produciendo la educación que hoy defendemos?

Educar no es un acto neutro ni meramente técnico. Toda práctica educativa construye una visión del mundo. Determina qué conocimientos merecen atención, qué problemas se consideran relevantes y qué horizontes de futuro se presentan como deseables. En ese sentido, la educación funciona como una forma de ingeniería: diseña estructuras invisibles que condicionan cómo pensamos, decidimos y actuamos.

Llamo a esto “ingeniería del sentido”. No como metáfora, sino como categoría crítica. Así como la ingeniería clásica diseña infraestructuras materiales, la educación diseña infraestructuras simbólicas. Ambas producen mundo. La diferencia es que la segunda suele operar sin conciencia explícita de su poder.

El énfasis actual en competencias, métricas y empleabilidad ha reducido la educación a una lógica instrumental. Se enseña a hacer sin preguntar para qué, para quién o con qué consecuencias. El resultado es una formación técnicamente eficiente pero éticamente desorientada.

Cuando la educación renuncia a pensar el sentido, no desaparece el sentido: simplemente queda en manos de otras fuerzas. El mercado, la lógica de la eficiencia, la automatización y los algoritmos pasan a definir qué vale la pena aprender y por qué.

Educar es intervenir el futuro. Negarlo no elimina esa responsabilidad; solo la vuelve invisible.

Pensar la educación como ingeniería del sentido es, hoy, una tarea urgente. No para frenar la tecnología, sino para devolverle dirección.